Hay profesiones que no entienden de horarios. Oficios en los que una llamada puede cambiar el rumbo del día o de la noche en cuestión de segundos. Así transcurre la vida de Juan Baleani, conductor de la ambulancia del Hospital Municipal Dr. Lorenzo Cólica de Monte Buey, quien desde 2013 desempeña una tarea que, según él mismo reconoce, dejó hace tiempo de ser simplemente un trabajo para convertirse en una verdadera pasión.
Su historia comenzó siguiendo el camino de su abuelo, quien durante muchos años fue ambulanciero y le transmitió los primeros conocimientos del oficio. Ese legado familiar fue el punto de partida de una carrera marcada por la responsabilidad y el compromiso con cada paciente.

Uno de sus primeros desafíos llegó apenas comenzó. Debió realizar una derivación hacia la ciudad de Córdoba, enfrentándose al intenso tránsito de una de las ciudades más grandes del país. Aquella experiencia quedó grabada en su memoria, aunque con el paso del tiempo fue adquiriendo confianza, serenidad y experiencia hasta convertirse en el chofer titular de la ambulancia del hospital, acompañado hoy por Joel Gatto como conductor suplente.
Dos tipos de traslados.
Baleani explica que existen los programados, generalmente derivados hacia Bell Ville, Marcos Juárez, Villa María o Córdoba para estudios, tratamientos o consultas previamente coordinadas. Por otro, las emergencias, que pueden surgir a cualquier hora del día o de la noche y obligan a actuar de inmediato. Entre los casos más frecuentes menciona fracturas, trabajos de parto, traumatismos de cráneo que no pueden resolverse en Monte Buey por la complejidad del cuadro o pacientes que deben ser derivados a otros centros de salud por no contar con una cobertura médica.
También se realizan traslados de personas que sufren un paro cardíaco. “Hay veces que llegan para recibir el tratamiento y otras, lamentablemente, no alcanzan a llegar”, expresó.
Un trabajo sin horarios
“Sabemos cuándo salimos, pero muchas veces no cuándo regresamos”, resume. En los traslados programados suele ser necesario esperar durante horas a que el paciente complete estudios o consultas médicas, mientras que en las emergencias la incertidumbre es aún mayor.

Velocidad, tránsito y circulación
A pesar de la imagen que muchas personas tienen de una ambulancia circulando con sirenas encendidas, Baleani remarca que la velocidad nunca es la solución. Sostiene que un buen traslado depende de una conducción prudente y del respeto por las normas de tránsito. Incluso aclara que los conductores de ambulancias no pueden atravesar semáforos en rojo de manera imprudente, ya que eso pondría en riesgo tanto al paciente como al resto de las personas.

Para él, el éxito de una derivación nunca depende de una sola persona. “Se necesita un buen médico, una buena enfermera, un familiar que acompañe y un chofer que maneje con responsabilidad para que el paciente llegue en las mejores condiciones posibles”, resume.
Trabajo en equipo
Baleani también puso en valor el trabajo articulado que existe detrás de cada traslado. En esa tarea participan médicos, enfermeros, personal administrativo del Hospital Municipal Dr. Lorenzo Cólica, hogares para adultos mayores, además de otras instituciones que requieren permanentemente el servicio.

En situaciones de mayor complejidad, como accidentes con múltiples víctimas, ese trabajo conjunto se amplía con la participación de los Bomberos Voluntarios y de otras ambulancias de la localidad, para garantizar una respuesta rápida y eficiente.
¿Se respeta a la ambulancia?
En pueblos como Monte Buey, asegura que la comunidad suele colaborar espontáneamente formando verdaderos cordones sanitarios para facilitar el paso de la ambulancia. Incluso, cuando las derivaciones de urgencia llegan a Marcos Juárez, muchas veces la Policía escolta el vehículo para agilizar el tránsito hasta el hospital. En cambio, lamenta que en ciudades más grandes no siempre se respeta el paso de la ambulancia y muchas personas ni siquiera reaccionan al sonido de la sirena.

Como todo trabajador de la salud, convive con momentos de enorme satisfacción y otros profundamente dolorosos. Entre las mayores alegrías menciona reencontrarse con pacientes que lograron recuperarse y que tiempo después lo saludan por la calle. También recuerda con emoción el nacimiento de un bebé dentro de la ambulancia, cuando el parto se adelantó antes de llegar al hospital. Entre risas, cuenta que al arribar al centro de salud incluso lo confundieron con el padre del recién nacido.
Pero también existen los momentos más difíciles. Son aquellos en los que, durante un traslado, el médico golpea la ventanilla para comunicarle que el paciente falleció antes de llegar al destino. “Después se vuelve en silencio”, describe. Un silencio compartido entre médicos, enfermeros y conductor, donde muchas veces también aparecen las lágrimas.
Pueblo chico, más difícil el ejercicio del trabajo
Casi siempre conoce a la persona que traslada. Puede ser un vecino, un amigo o incluso un familiar. Esa cercanía hace que cada emergencia se viva de una manera mucho más intensa, especialmente cuando los pacientes son niños.

Más allá de la responsabilidad que implica cada salida, Baleani asegura que su vínculo con la ambulancia trasciende lo laboral. “Es mi trabajo, pero también es mi pasión. Amo esto”, afirma con convicción.
Cuenta que nunca logra desconectarse por completo. Cada vez que escucha la sirena de los Bomberos Voluntarios durante la madrugada se despierta automáticamente y permanece atento por si necesita intervenir. Explica que resulta muy difícil ejercer este oficio si no existe una verdadera vocación, porque implica renunciar a horarios fijos, a rutinas familiares e incluso a actividades cotidianas. “El teléfono va conmigo a todos lados y nunca lo puedo apagar”, señala, consciente de que una urgencia puede surgir en cualquier momento.

“Esta es mi segunda casa”, dice. Allí ha comido un sándwich para no perder tiempo entre un traslado y otro, ha descansado unos minutos mientras esperaba que un paciente terminara un estudio y también dedica tiempo, junto al resto del equipo, a dejar la unidad en perfectas condiciones después de cada servicio. Cambiar las sábanas, higienizar el habitáculo y mantener impecable la ambulancia forman parte de una rutina que considera tan importante como conducir, porque sabe que, en cualquier momento, una nueva sirena puede volver a marcar el comienzo de otro viaje en el que una vida dependerá, una vez más, del compromiso de todo un equipo.




