Rodolfo Dorigatti, el último relojero de Monte Buey que mantiene vivo un oficio en extinción


En tiempos donde el teléfono celular desplazó al reloj pulsera como objeto cotidiano, en Monte Buey todavía resiste un oficio tradicional que parece detenido en el tiempo. Se trata de Rodolfo Dorigatti, considerado el último relojero no solo de la localidad, sino también de una amplia región del sudeste cordobés.


Con 51 años de trabajo ininterrumpido, Dorigatti continúa dedicándose a una tarea artesanal que, con el paso de los años, fue perdiendo protagonismo frente a los avances tecnológicos, los cambios de hábitos y la caída en la demanda de reparación y mantenimiento de relojes.


El propio Rodolfo recordó que eligió esta profesión desde muy joven, cuando advirtió que su futuro no estaba en la panadería, donde trabajaba a los 15 años. Entonces decidió estudiar relojería a distancia, mediante un sistema por correspondencia con una escuela especializada de Buenos Aires.


“Me gustaba. Empecé a estudiar esto por correo. Te mandaban pruebas, trabajos, los nombres de las piezas y cómo se armaba un reloj. Yo enviaba todo al correo y al mes volvía la calificación con nuevas tareas”, relató.

Comenzó a ejercer el oficio de la mano de un relojero que se estaba retirando, “Don Ventura”, a quien le compró herramientas, mostradores y algunos elementos para arrancar su trabajo. Tuvo local por muchos años en Galería Fénix (hoy edificio Matienzo) y los últimos 26 años en un local de la Sociedad Italiana. Meses atrás, durante 2025 decidió trasladar todo a su hogar en calle Woodgate; problemas de salud y un cuerpo que le pidió bajar el ritmo y las horas de trabajo influyeron en la decisión.


A lo largo de más de cinco décadas, Rodolfo se transformó en una referencia regional. Incluso hoy recibe semanalmente relojes para reparar desde ciudades como Marcos Juárez, Leones y Bell Ville, donde ya casi no quedan especialistas en el rubro. “Tengo que decirles que me manden menos unidades por semana, para poder cumplir con todos”, afirmó.


Dorigatti reconoce que la relojería atraviesa una etapa de decadencia. “Hoy el reloj pasó a ser más decorativo que necesario;”, señaló, al remarcar que son principalmente las personas mayores quienes continúan usándolo de manera habitual, como también los despertadores analógicos o digitales, porque la mayoría de las nuevas generaciones usan el celular hasta para despertarse.


Sin embargo, su pasión por el oficio permanece intacta. En su taller ha reparado piezas de altísimo valor, incluso relojes cotizados en alrededor de 15 millones de pesos. Además, destacó la calidad de los antiguos relojes automáticos, de los cuales conserva algunos funcionando desde hace 48 años sin detenerse.

En un mundo dominado por lo digital, las pantallas y lo descartable, Rodolfo Dorigatti representa la paciencia, la precisión y la vigencia de uno de los oficios tradicionales que aún se niegan a desaparecer.

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