“Dejo la docencia porque me quemó la cabeza ”

Tras años de trayectoria en el aula, la docente Mariángeles Molinero tomó una decisión difícil pero firme: renunciar a la docencia. Lo hizo, según sus propias palabras, priorizando su bienestar personal frente a un sistema que, asegura, terminó por desgastarla.

Aunque se encontraba relativamente cerca de cumplir los requisitos jubilatorios —le restaban tres años de aportes y cuatro de edad—, optó por no continuar. “Prioricé mi paz mental”, resumió.

Molinero destacó que la docencia fue, en su momento, una elección de vida que le dejó innumerables satisfacciones. “Me dio muchas cosas. Hasta hoy me encuentro con chicos ya grandes que me saludan en la calle, o padres que me dicen cuánto recuerdan cómo le enseñé a sus hijos. Eso es muy valioso”, expresó con emoción.

Sin embargo, marcó una clara diferencia entre la vocación y las condiciones actuales del sistema educativo. “La vocación está intacta, pero es el sistema el que nos agota. No son cuatro horas de trabajo: son ocho o más, entre planificación, correcciones, capacitaciones constantes y exigencias administrativas. Es un desgaste muy grande y no esta bien remunerado” , señaló.

También cuestionó los cambios en la dinámica laboral de los docentes en los últimos años. “Antes las clases terminaban en noviembre y se retomaban en marzo. Hoy se trabaja prácticamente hasta fines de diciembre y a mediados de febrero ya hay que reincorporarse. Incluso en vacaciones hay exigencias de cursos o capacitaciones”, detalló.

Según indicó, la presión principal no proviene del aula ni de la relación con las familias, sino de las demandas estructurales. “El trabajo con los padres y con los alumnos es parte de nuestra función y no se discute. La carga viene desde arriba, desde el sistema en sí”, afirmó.

Actualmente, Molinero se desempeña en tareas administrativas —actividad que realiza desde hace ocho años—, sumó experiencia en un estudio jurídico y recientemente surgió una nueva oportunidad laboral en una industria local. Además, dedica tiempo a su participación en bomberos.

“Hay otra vida más allá de la docencia. La docencia se lleva en el alma, eso no se pierde, pero hay una vida social, otras oportunidades. Cerré una puerta, pero se me abrieron muchas”, reflexionó.

La decisión, asegura, fue tomada con total convicción.

“Uno empieza a sentir lo que se conoce como síndrome de burnout, ese agotamiento extremo. El aula no es el problema: los chicos te dan cariño. Es el sistema el que te quema. Y yo no quiero estar más quemada”, concluyó.

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