21 años de guitarras, amistad y tradición: el ritual de un grupo de Monte Buey en la Fiesta de la Abuela Carabajal

Hay viajes que con el tiempo dejan de ser simplemente viajes. Se convierten en una tradición, en un punto de encuentro y, sobre todo, en una manera de mantener vivos los vínculos. Desde hace 21 años, un grupo de amigos monteboyenses emprende cada agosto el camino hacia La Banda, Santiago del Estero, para participar de la Fiesta de la Abuela Carabajal, una celebración popular que conserva como principal característica una particularidad tan sencilla como singular: nadie convoca, pero todos llegan.


La historia de la fiesta se remonta a 1951, cuando María Luisa Paz Carabajal cumplió 50 años. Nacida en 1901 y casada con Francisco Rosario Carabajal, nacido en 1897, tuvo doce hijos, todos varones. Uno de ellos es Cuti Carabajal, actualmente el único de los hermanos que permanece con vida, a sus 80 años.


Aquel cumpleaños familiar organizado por los hijos mayores, que invitaron a músicos y amigos, comenzó a crecer espontáneamente. Al año siguiente, vecinos y personas de distintos lugares comenzaron a acercarse a la celebración y, con el paso de las décadas, aquella reunión familiar terminó transformándose en una de las expresiones populares más particulares del folclore santiagueño.


No existe una convocatoria formal ni un programa que determine cómo debe desarrollarse. Se conoce la fecha del cumpleaños y la gente simplemente llega. Con sus guitarras, sus comidas, sus asados y sus ganas de compartir, los visitantes van ocupando las calles y los espacios cercanos a la casa de la familia Carabajal.


Esa forma de vivir la fiesta fue precisamente la que despertó la curiosidad de éste grupo de amigos de Monte Buey, varios integrantes en los años 90 del grupo folklórico Los Viñateros, en el que interpretaban canciones de Los Carabajal, entre otros artistas.


EL PRIMER VIAJE

En 2005 decidieron conocer aquella celebración de la que tanto habían escuchado hablar. Los primeros en emprender la aventura fueron seis: Luis Lazarte, Gabriel González, Jorge Beltramo, Silvio Trillini, Ariel Serra, y Marcos Picchio.


La primera experiencia tuvo algo de improvisación y mucho de aventura. Viajaron sin hotel reservado y, al llegar, se instalaron en el predio de Los Silos, uno de los lugares donde posteriormente se concentra buena parte de la actividad del domingo. Allí comenzaron a guitarrear, compartieron un asado y disfrutaron del encuentro mientras pensaban dónde pasarían la noche. La respuesta llegó de la manera menos planificada: no consiguieron alojamiento y terminaron durmiendo sobre los autos. Aquella primera noche terminó formando parte de la historia que todavía recuerdan.

EL GRUPO SE FUE AMPLIANDO

La esquina de la casa de la Abuela Carabajal se convirtió en una cita recurrente para ellos. El paisaje fue cambiando: aquella calle de tierra hoy cuenta con adoquines y el escenario se fue desplazando y creciendo a medida que aumentó la cantidad de visitantes, nació una especie de feria con artesanos, comerciantes y puestos gastronómicos. Sin embargo, el espíritu de la celebración permanece ligado al mismo lugar.


Con el paso de los años, el grupo también se fue ampliando y renovando. Algunos integrantes dejaron de asistir ocasionalmente por diferentes circunstancias y otros se fueron incorporando. Incluso, la tradición comenzó a transmitirse a generaciones más jóvenes, con chicos y jóvenes que, con 10, 15, 20 o 30 años menos, conocieron la experiencia a través de sus mayores y decidieron sumarse.

Mucho más que solo folklore…


Para ellos, el viaje ya no representa solamente una cita con el folclore. Es también la posibilidad de reencontrarse con amigos, compartir un asado, sacar las guitarras y recuperar durante unos días una forma de encuentro que parece cada vez menos habitual.


Y hay otro aspecto que destacan especialmente: el vínculo con la propia familia Carabajal. Rosana, Cuti, Roberto y otros integrantes de la familia forman parte de ese paisaje humano que se mezcla entre quienes llegan desde distintos puntos del país. La posibilidad de encontrarlos caminando entre la gente, compartiendo una comida o acercándose a saludar genera una sensación de cercanía y familiaridad inusual con grandes artistas.


A La Banda llegan visitantes de Buenos Aires y de numerosas provincias argentinas. Cada uno lo hace por sus propios medios y sin necesidad de una convocatoria oficial. La fiesta se construye mientras sucede: alguien llega con una guitarra, otro se suma a cantar, se comparte una comida, se arma una rueda y el encuentro continúa.


Quizás allí radique una de las razones por las que, después de 75 años, la celebración mantiene su vigencia. La Fiesta de la Abuela Carabajal nació de un cumpleaños familiar y terminó convirtiéndose en una tradición popular que conserva, pese al crecimiento y a cierta mayor organización y comercialización con el paso del tiempo, aquella esencia original: la gente llega porque quiere estar.


Para este grupo de amigos de Monte Buey esa esencia también explica por qué llevan 21 años regresando. El destino es el mismo, la música es la misma y la esquina continúa esperando cada agosto. Pero, sobre todo, permanece intacta la razón que los llevó por primera vez en 2005: encontrarse, compartir, guitarrear, cantar y celebrar la vida juntos.

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