En 21 días, el monteboyense Omar Dovis logró unir los dos extremos de la República Argentina a bordo de su motocicleta. Partió desde Monte Buey rumbo al sur, llegó a Ushuaia —en Tierra del Fuego— y luego emprendió el ascenso hasta La Quiaca, en Jujuy, completando un recorrido total de 10.840 kilómetros atravesando rutas, climas y paisajes tan diversos como desafiantes.

La primera etapa fue Monte Buey–Ushuaia, trayecto que completó en cinco días. Bajó por el sur de Buenos Aires, pasó por Bahía Blanca y se internó en la Patagonia. Para llegar al extremo austral debió cruzar a Chile y recorrer cerca de 300 kilómetros en territorio trasandino hasta embarcar su motocicleta en un ferry que le permitió atravesar el Estrecho de Magallanes y volver a pisar suelo argentino en San Sebastián y luego Ushuaia.

En Ushuaia permaneció cuatro días de manera obligada. Las intensas lluvias y el mal clima llevaron a las autoridades provinciales a restringir el ingreso y egreso de personas. Esa pausa forzada, lejos de frustrarlo, fue parte de una travesía que desde el inicio supo que estaría marcada por las condiciones del tiempo.

Cuando finalmente pudo salir, comenzó el ascenso por la Ruta 40, columna vertebral del viaje. En casi todo el trayecto eligió esa traza histórica, salvo un tramo en el norte donde debió tomar la Ruta 9 para llegar a La Quiaca. Alcanzó el extremo norte argentino alrededor del día 15 de su aventura.

El viaje tuvo contrastes extremos. En el termómetro, atravesó temperaturas cercanas a los cero grados y otras superiores a los 40 o 42. Hubo jornadas de 360 kilómetros y otras de hasta 1.200 km por día, dependiendo del clima y del estado de los caminos. Transitó rutas en buen estado y otras deterioradas, especialmente algunos sectores de la Ruta 40. Cerca de Malargüe, en Mendoza, enfrentó más de 80 kilómetros continuos de ripio con piedras grandes que lo obligaron a reducir considerablemente la velocidad.

En el sur, el viento fue un protagonista constante. Las ráfagas laterales y en contra no solo dificultaban el control de la motocicleta, sino que también reducían la autonomía del combustible. Cada kilómetro implicó un esfuerzo físico notable en brazos, espalda, cuello y cintura. “Es cansador, por el viento y la moto muy cargada, con mucho peso. Haay que hacer mucha fuerza; la moto exige el cuerpo y la mente”, resumió, explicando que debió bajar la velocidad hasta 70 km/h.

Paradójicamente, aseguró haber sentido más frío en algunos tramos del norte montañoso que en el sur patagónico. En el tramo final hacia La Quiaca recorrió hasta 180 kilómetros bajo lluvia, viento y bajas temperaturas.
Atractivos y sorpresas

En la ciudad jujeña pasó una noche a 3.442 metros sobre el nivel del mar. Allí sufrió los efectos del mal de altura: náuseas, mareos y dolor de cabeza que no le permitieron dormir. Si bien los síntomas no pasaron a mayores, fue otro desafío más de una experiencia que lo puso a prueba en todos los sentidos.

Resaltó los paisajes que ofrece la emblemática y mítica ruta 40, viajando siempre pegado a la cordillera de los andes, pero también sufriendo tramos muy deteriorados, con la calzada asfáltica disminúida o “comida”, con muchos pozos e irregularidades. En Salta los tramos Cafayate – Cachi – San Antonio de los Cobres estaban cortados por el clima, lo que obligó a tomar la ruta 9 por el centro del mapa.

Dovis se mostró sorprendido por la riqueza paisajística del país. Destacó las montañas del norte, los lagos y la inmensidad del sur, pero también la geografía de La Rioja, San Juan y Mendoza. “Argentina es inmensa, hermosa y diversa. Hay detalles que solo se descubren viajando así, kilómetro a kilómetro”, señaló. Para él, esa conexión profunda con el territorio solo se logra en moto, en bicicleta o en un motorhome, con tiempo para detenerse y observar.

Resaltó el perfil de La Quiaca y su gente: una sociedad tranquila, amable, con un ritmo de vida muy distinto al de las ciudades del centro del país.

El viaje fue en soledad. Se alojó en hostales, albergues y hospedajes que encontraba sobre la marcha. Si bien llevaba carpa y elementos para cocinar, no los utilizó: siempre logró hospedarse bajo techo. Aunque planificó etapas y paradas antes de partir, el día a día fue imponiendo cambios. A veces no llegaba al destino previsto; otras, lo hacía temprano y decidía avanzar 100 o 200 kilómetros más.

En total realizó dos servicios técnicos programados a la motocicleta durante el recorrido, evitando inconvenientes mecánicos, en Esquel, Chubut y en Salta Capital.

El regreso desde La Quiaca hasta Monte Buey lo hizo por el norte de Santa Fe, pasando por Helvecia, su localidad natal, donde visitó familiares y amigos antes de volver a cruzar la tranquera del campo donde vive.
“Me encontré conmigo mismo”
Seis meses antes de partir comenzó a modificar hábitos y a dejar atrás conductas que consideraba nocivas. Está convencido de que sin esa preparación física y mental no habría podido completar la travesía. “Me encontré conmigo mismo”, afirmó. Nunca pensó en abandonar. Se sintió fuerte, enfocado y feliz con lo que estaba haciendo.

El viaje coincidió exactamente con su período vacacional. Cumplió el objetivo en tiempo y forma, aunque reconoce que le quedó la sensación de no haber podido quedarse más días en algunos lugares.

Después de unir los extremos del país en apenas 21 días, Omar Dovis no habla de descanso. Habla de futuro. “Tengo ganas de más”, dijo al cerrar una experiencia que ya no es solo un viaje, sino el punto de partida de nuevos destinos, incluso internacionales, siempre sobre dos ruedas, a bordo de su “Morocha”, como llama cariñosamente a su motocicleta.






